El Jerez no es profeta en su tierra

Cuando algo forma parte de lo cotidiano durante mucho tiempo, se da por hecho, se simplifica. Y eso es lo que bajo mi percepción ha ocurrido con nuestros vinos, relegados a un papel concreto y casi inamovible a pie de barra o en el aperitivo. Sin embargo, basta con salir de este contexto para ver que la realidad es otra.
Estamos viendo como en el maridaje con la gastronomía – donde cada plato plantea una problema en términos de equilibrio y contrastes – los vinos de Jerez aparecen como una respuesta natural: perfiles gastronómicos que encuentran en ellos un aliado para el paladar difícil de sustituir.
Pero fuera de esos espacios, pienso que el relato sigue siendo necesario. Y es aquí cuando entra en juego otra dimensión que a menudo queda relegada a un segundo plano: la cultural. Porque hablar de los vinos de Jerez no sólo es hablar de técnica, crianza, envejecimiento o tipologías. Es más, es entender también que están profundamente ligados a un lugar y sus gentes, a una manera de vivir.
Y quizá esa sea una de las claves para entender por qué, a pesar de todo, estos vinos han resistido incluso en épocas de menor visibilidad o desajuste con las tendencias, esperando otra vez a ser redescubiertos no por nostalgia, sino por pertenencia.


